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Fotografía colegial

Veo dos muchachos parados en la esquina. Ella está frente a él en diagonal poniendo su atención en mitades. Sus rasgos juveniles se afean con el desteñido uniforme y la cara sucia de mulatos. Ella tiene un accesorio curioso en el pelo, algo así como una tirita de nailon con piedras brillantes del largo completo. Su cabellera es espesa y oscura. Ella juega con la tira y la balancea con picardía. Él sigue la conversación e intenta controlar su mirada para no perderse en el pendular. Me quedo pensando en lo que los une, mientras intento descifrar la función de aquel extraño objeto en su cabeza. La muchacha se da la vuelta completa, él agarra rápidamente un mechón abuntante de su cabello y lo huele con pasión (ese instante los congela para siempre en mi memoria). La chica se reincorpora inesperadamente y él deja que el pelo se deslice por sus dedos con naturalidad mientras juega a mirarla dulcemente. Y después, una sonrisa tímida, un abrazo de miradas... Ahora sé que son el olor de su pelo y la discreción de sus dedos.

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Sustento de tierra dulce

Imagino que soy sin este cuerpo un saber ser, un absoluto que no se pregunta por lo absurdo y mucho menos por lo abstracto. Esa imagen que no es táctil me sabe a humo y sube hasta lo que sabemos es la atmósfera que nos cobija la vida. Me separo de lo que soy para intentar amar sin nudos que me nublen la posibilidad de crecer e intento romper esa fina capa de oxígeno que nos contiene. Ingenio una vía hacia la estrella más cercana y me solidarizo con un calor que ya no siento, pero aún lo recuerdo, y ahora más que nunca resisto. Más y allá comienza la fusión con ese fuego que enceguece y del que no quedan formas ni ataduras terrenales. Saber y sentir son pasados de lo que ya esta nada en la que me he convertido no tiene el más mínimo reflejo. Dispersa en lo lácteo de mi camino me he tropezado con los límites del universo conocido: la materia oscura, el túnel hacia otra dimensión que no requiero porque ya no existe la curiosidad con la que comencé este viaje, no existo yo, así en masculin...
No seré miel, pero tengo algo de dulce y pegajoso. No seré agua, pues no he sido transparente. No soy del todo negra y por eso tampoco seré carbón. No vengo a salvarme, pues entiendo que no tengo salvación. Voy a caminar hasta que me canse, después dormiré sobre la pradera del placer.  Verdosa, amarillenta y silenciosa, porque he manchado mi alma. Ya no seré alma, porque de la tierra soy. Y no seré tierra tampoco, pues aquí me tienes civilización. Y cuando despierte y deje de escuchar esa canción, allí estarás con esa sonrisa que me llena de aliento y me recuerda que viento y ceniza soy.

Mermelada de mora

Si está loca esta vida, tiene ganas de revolverme más la cabeza. Me pone la felicidad en cada cosa que hago, pero me hace tomar decisiones que no tienen razón. Claro que no creo en las razones, ¿qué puede ser suficiente para ser racionalmente posible? Ahora estoy caminando sobre el pasto y sintiendo el aire caliente pasarme por las orejas, y eso si que me hace feliz. Es ahora cuando pienso que es inútil empezar a pensar en las cosas que siempre pienso, ¡no quiero! Debería seguir disfrutando sin tener que pensar en el futuro, yo quiero experiencias, miles de ellas, eperiencias de colores y sabores, de miedos, angustias, dolores y grandes satisfacciones. Pero no quiero detenerme a pensar en lo que será mejor, en lo que me hará feliz, en no hacerle daño a los demás. Ahhhh el aire moviendo las hojas de los árboles, me encanta ese sonido, me gustaría tanto escucharlo sin seguir pensando. Pero ahora mismo no resuelvo la cuestión, ni creo que lo haga nunca. Yo no tengo un espíritu acorde a la...